sábado, 19 de agosto de 2017

Sonny Boy Williamson (Keep it to yourself)



Hace un rato me ha parecido ver como la tarde dejaba de serlo y escuchaba, muy quieta de pájaros y de luces, siendo ya otra cosa muy distinta. Prueben ustedes por si acaso, no vaya a ser que mi ventana mienta.

sábado, 12 de agosto de 2017

sábado, 1 de julio de 2017

Esto no es nada, que no es poco (Taller Bremen)



  Esto no es una explicación, ni una disculpa, ni siquiera se trata de un relato. De ser algo sería una nada que -vete a saber el motivo- ha permitido que alguien la escriba (si lo prefieren, y dado que le falta cuerpo para ser cosa o suceso, podríamos definirlo como un pedazo de olvido que, solo por contradecir un momento su inapelable destino, se deja leer). 
   Que fuera martes y el desagüe de la lavadora estuviera atascado, no importa. Que la sentencia sea firme y que ningún paisaje haya decidido instalarse en el rectángulo de la ventana de mi celda, tampoco. Seguro que en algún archivo sin dios descansan las trescientas veintiséis páginas que recogen los pormenores de lo que sin duda haría de nuevo, a pesar de no tener la más mínima idea de lo que me indujo ha llevarlo a cabo. Siete agresiones, dos incendios, ninguna muerte, un par de actos contra la moral pública y una fuerte resistencia y aún mayor desacato a todas las distintas autoridades que decidieron intervenir en lo que por unas horas podría definirse como "los hechos".
   Se podría decir que el descalabro empezó a las siete y media de la mañana. A esa hora, vulgar como cualquier otra, sonó el despertador y me levanté siendo el mismo imbécil que se había acostado un poco antes de la medianoche. Desayuné con mis contradicciones de siempre y con la firme determinación de avisar al fontanero. La altura inusual del montón de ropa sucia que se acumulaba en el cuarto de la limpieza me obligaba a una de las cosas que más temo: tomar una decisión. Entre la llamada a la empresa de mantenimiento y el sonido del timbre de la puerta apenas transcurrieron un par de horas; entre el saludo sencillo y afable del fontanero y mi captura por las fuerzas del orden pongamos que otras dos.
   Es necesario insistir en que nada hizo el pobre hombre que pueda servir para dar alguna pista del porqué mi mundo, tan previsible y chiquito hasta ese momento -un día a día cosido con hilo grueso de sumisiones y falsas esperanzas- se me vino abajo. Nada excepto agacharse para intentar desenroscar la tubería y al hacerlo mostrarme, por encima de sus pantalones levemente caídos, el trazo firme y contundente de la hendidura que separaba sus nalgas, generosamente peludas y curiosamente asimétricas. No se cuánto tiempo estuve contemplando esa burda nimiedad, lo que si recuerdo es que cuando levanté la vista ya no creía en nada ni tenía que soportar esperanza alguna. Por primera vez en mi vida no era ni bueno ni malo, y de pura levedad y alegría, antes de precipitarnos a la calle mi euforia delictiva y yo, inauguré lo inaceptable dándole tal patada en el culo al buen fontanero que lo deje incrustado en el bombo de la lavadora que, con tanto cariño, me había regalado mi madre por Navidad hacía un par de años.
   Corro a anticiparme a lo que algunos de ustedes, con la media sonrisa que suele colgar de la razón cuando es antigua y no se siente amenazada, pensarán: "menuda estupidez la idea de que una cosa así pueda provocar la enajenación de una persona, hasta el punto de empujarla a cometer todos esos horribles delitos".  
    Sinceramente, y a pesar de que yo intuía desde hacía algún tiempo que la vida no tiene mucho sentido (sensación que corroboraban algunas tardes de domingo, una dispepsia encariñada y el olor de los urinarios de la calle San Gabriel), hace unas semanas hubiese pensado exactamente lo mismo. Y es que tienen toda la razón, esta historia es absurda e increíble. 


   Ahora los tengo que dejar que a las ocho hay recuento.Tal vez en otro momento  me decida a explicarles lo que hice con la gasolina en la sucursal bancaria.  

lunes, 1 de mayo de 2017

El hombre sin espacio




  Todo ocurrió muy deprisa. Apenas un mareo  y de repente ya no cabía en la bañera. Muy pronto se le hizo pequeño el piso, el bar al que iba todas las mañanas, el trabajo e incluso su mejor amigo. En un gesto desesperado para ganar un poco de espacio ordenó la tristeza, limpió su soledad y llevó todo el miedo que ya no solía ponerse a una tienda de objetos de segunda mano. Todo en vano. Ahora, si no fuera por la luna, estiraría un poco las piernas, pero ya no cabe en la noche y, según parece, hasta los dioses comienzan a sentirse molestos y preocupados.


jueves, 6 de abril de 2017

El límite de felicidad (Taller Bremen)



   Justo detrás de él, haciendo cola para subirse al telesilla, dos hombres hablan en ruso, y ese sutil detalle le hace pensar que tal vez sean rusos. Incomprensiblemente, uno de ellos no lleva los esquís puestos, sino que los apoya en el hombro derecho, golpeándole flojito pero repetidamente y con molestia la cabeza. Los dos hombres que podrían ser rusos por el hecho de hablar entre ellos en ruso, llevan gorros erizados con cascabeles en cada una de sus puntas. Pedro está contento de estar allí y de mirar de frente al airecillo fresco e impetuoso -doce grados bajo cero y rachas de 70 kilómetros por hora- que le busca la cara, las manos, las orejas y todo lo que podría considerarse su forma de ser.
    La decisión que lo sacó de Cuenca por tres días y lo precipitó a la hermosa libertad que habita desde siempre en la naturaleza, y más concretamente en las montañas cuando están cubiertas de nieve artificial, fue la de evadirse de su celda cotidiana; reducido espacio formado por dos cortados con leche desnatada, un diario deportivo, nueve horas de oficina y un polvo, sin épica ni posteridad alguna, un viernes tal vez y otro no se sabe. No en vano en la marquesina del autobús que lo depositó -después de nueve horas de viaje y un serio aviso de la vejiga para que jamás la volviese a maltratar de forma semejante- en esa sala de estar del paraíso, se podía leer en letras grandes y claras: "Sky Evasión". ¡Qué lejos queda Cuenca y qué cerca la felicidad! piensa de esa forma en que siempre lo hacen los que suelen mostrarse distantes y molestos con cualquier pensar.
   Ahora ya solo quedan unas cien personas delante de él y eso indica que se acerca el momento de subirse a ese curioso sofá metálico, sin manta ni gato que lo humanice, que ha de depositarlo en la cumbre, a centenares de metros por encima de cualquier mediocridad. A la cara le llegan oleadas de intrepidez; al corazón le sobra valor y lo achica con una taquicardia de tres pares de cojones; y es que a primera vista podría parecer que tiembla pero quien quisiera fijarse en él, cosa del todo incomprensible, se daría cuenta de forma inmediata que efectivamente está temblando. Algo para nada incongruente, dado que el arrojo y las tiritonas a menudo retozan juntos. Ni que decir tiene que podía no haber sido así, pero lo cierto es que cuando le llega el turno de subirse al artefacto, los dos posibles rusos se sientan a su lado (dado el penetrante olor a queroseno destilado que desprenden sus alientos y a su empecinamiento idiomático, es más que probable que lo sean).
    Solo al llegar arriba se da cuenta de lo lejos que queda todo lo de abajo. De toda esa suma de tedios y vulgaridades que ha dejado atrás lo separan unos cientos de metros en rabioso desnivel; del como bajarlos sin deterioro lo separa cualquier idea, sugerencia o explicación. A su lado, ese duo de dos que ya casi nadie se atrevería a cuestionar el hecho de que sean rusos, beben y ríen y vuelven a beber no de forma simultánea pero casi. Vistos los preparativos del descenso, tampoco admite matiz alguno la evidencia de que ninguno de los tres tiene ni puta idea de esquiar sintiéndose libre, ni mucho menos de liberarse de nada esquiando.
    Las noticias no son buenas para Pedro. La pista está catalogada de negra -es decir, de máxima dificultad-, el viento arrecia y Cuenca no se ve. Le puede un extraño orgullo que no consigue reconocer como suyo y se lanza. A los dos definitivamente rusos les puede el vodka y hacen lo mismo. Algún dios de guardia le da por fijarse en él y hace posible que, en menos de lo que se esperaba, se cierre el telón. Con apenas cien metros recorridos, su rodilla derecha cambia bruscamente de dirección y se queda atrás no sin antes crujir alegremente. 
    Esparcido por la nieve artificial todo lo que hasta hace poco fue suyo, habiéndose producido ya el trueque de evasión por fractura y sin noticia alguna de una dignidad que nunca quiso acudir, empieza a sospechar, dado el incipiente repiqueteo de cascabeles, que lo peor está por llegar. Para que se hagan cargo de la magnitud de la tragedia -y con el debido permiso del siempre admirado Quim Monzó- les diré que el impacto consigue esparcir, doscientos metros más abajo, dos terceras partes de una dentadura que, no siendo del todo postiza, siempre lo había parecido. Lo último que recuerda, antes de despertarse en la sonrisa precaria de lo que podría ser una enfermera, es una frase rumor probablemente dicha por un argentino, algo así como: parece que el boludo aún respira, aunque a decir verdad no consigo ver por dónde.
    Hay que decir a favor de Cuenca que todos quisieron callar y callaron, dejando las risas y las pullas para cuando él casi no las pudiera oír. Por lo demás,  era previsible que la recuperación fuera larga y los dientes caros, pero lo que nadie se esperaba era la fobia que Pedro contrajo a cualquier cosa blanca y fría; horror tan extremo que le impidió volver a abrir un congelador, llevándolo incluso hasta las puertas del desvanecimiento la simple visualización de un vulgar cucurucho de helado de nata.

   Como todo lo que pretende tener sentido, y a pesar de que esta historia nunca quiso ser triste, han de saber que con el tiempo Pedro no solo no mejoró, sino que fue elegido concejal de urbanismo. Una sanción sin duda excesiva por haberse saltado por primera vez  el límite de felicidad.



jueves, 23 de marzo de 2017

El divino Macarra (Taller Bremen)



  Esta mínima historia sucederá solo si ustedes me lo permiten, es decir, en sus manos dejo que todo lo que les voy a contar sea cierto. Llámenlo fe, cansancio o cualquier otra cosa, pero sin esa absurda forma de confiar en lo que yo les diga no habrá relato, ni realidad ficticia, ni sentido (no es improbable que, de algún modo,  en todo y para todo siempre sea -y siga siendo- así).

  Visto desde cierta distancia el local les parecerá azul. Solo si se acercan se puede distinguir, entre los claroscuros de la vegetación que lo envuelve, la excelente caligrafía en rojo, verde  y amarillo de las luces de neón. Le puse Nada porque eso es lo que había en este lugar antes de construir el prostíbulo, y porque eso es lo que vienen buscando sus clientes: un poco de olvido, una tregua, una ínfima porción de nada con la que volver a sus quehaceres; algo muy práctico si lo que se pretende es ir tirando. Confieso que no monté el negocio por necesidad, ya que, por extraño que les pueda parecer, heredé una inconcebible fortuna de un desconocido, sino más bien por un tedio infinito súbitamente alterado por una gran curiosidad. Sin saber qué hacer, sin ninguna ocupación -y sin las previas que estas suelen propiciar, las preocupaciones-, me consumía en una rutina perfecta, en una precisa repetición de lo mismo; algo parecido a una noche bucle en la que solo anocheciera; apenas una tenue gradación de obscuridad sin día alguno que pudiera darle alternancia y sentido. Así estaba yo cuando de pronto decidí convertirme en el promotor y propietario del mejor "puticlub" de la zona.
  La cuestión es que, sin saber en realidad qué era lo que quería descubrir con semejante aventura, abrí el local y en unos pocos días -diría que siete, aunque tal vez fueron algunos más- la cosa empezó a funcionar a las mil maravillas. Las flores y las putas, los pájaros y los puteros, las copas y el olvido, las estrellas y los condones, todo parecía estar en su sitio; todo giraba a mi alrededor como un mecanismo dúctil y perfecto, una brillante creación rindiéndome pleitesía a mí, su paternal e inconmensurable "macarra". Pero no hay cosa que sirva para siempre, ni esperanza que, tarde o temprano, no olvide qué es lo que en realidad esperaba, por lo que las cosas empezaron a complicarse hasta el punto de que, poco a poco, fui perdiendo la ilusión en mi absurdo proyecto.  Es verdad que los clientes seguían llenando el local noche tras noche; que en la barra del bar el alcohol no cesaba de configurar un caudaloso y turbulento río; que una gran cantidad de deseo seguía haciendo cola para poder convertirse en tedio, pero aún así era evidente que algo se había resquebrajado, que la inercia ya no era suficiente ni siquiera para propiciar un poco de sentido.
  Confieso que abandoné el proyecto a su improbable suerte y que a partir de ese momento un pésimo boceto de medias rotas y agravios, de camarillas rencorosas y maquillajes baratos, sustituyó el cuadro. Ya no recuerdo a quién, pero sé que traspasé el negocio. Me sorprende que de momento el local siga abierto y que, visto desde cierta distancia, siga pareciendo azul. 
  En lo que a mí se refiere, pues deciros que he vuelto a lo de siempre, es decir, a la divina tozudez de mi impecable nada (admito que en alguna ocasión incluso he pensado en quitarme la vida si eso, siendo quien soy, no fuera una enorme y estúpida redundancia), y que esa misma palabra -Nada- es la que, escrita con la excelente caligrafía en rojo, verde y amarillo de las luces de neón, sigue centelleando en el local noche tras noche, como si se tratara de una queja de luz por toda la orfandad y desamparo que allí se ha ido acumulando. 

jueves, 9 de marzo de 2017

Regresar como lo hacen las viejas canciones (Taller Bremen)



  Colgado del retrovisor el crucifijo plateado oscila como un absurdo trapecista sin riesgo y sin aplausos. En ese mínimo rectángulo Roberto le busca los ojos al taxista para tranquilizarse un poco. Piensa que le gustaría entablar una conversación sobre cualquier cosa, intercambiar unas palabras con él para quitarse de encima la extraña sensación de sombra que siempre le acompaña. No se decide, algo le intimida de ese hombre, tal vez su espalda corvada de kilómetros y espera, o las manos angulosas, casi violentas, con las que discute airadamente con el volante. 
- Buenas noches; a la terminal dos del aeropuerto, por favor.  
  Está convencido que eso, y el ¿cuánto le debo?, es todo lo que va a dar de sí el trayecto. No es mucho si tenemos en cuenta que, como suele hacer todos los viernes por la noche, Roberto ha salido de su casa a las tres de la madrugada para emprender un largo y emocionante viaje del que regresará antes de que amanezca, y que eso merecía ser explicado ni que sea a un taxista soñoliento y apático.
  Cambia de rectángulo y ahora observa por la ventanilla como la ciudad se deshilacha sin que, a esas horas, eso parezca importarle lo más mínimo a nadie. Le intriga un poco que las calles y las luces no consigan ser lo que se esperaría de ellas; que apenas se muestren como brochazos imprecisos en la tela silente de la noche. Nadie ni nada reclama un espacio, una presencia; todo parece escondido, agazapado, tras ese falso descanso. Solo los semáforos, con sus breves cadencias, parece que se esfuerzan un poco en pautar de nuevo el tiempo; se diría que solo ellos saben qué hacer en medio de todo ese desbarajuste.
  Faltan apenas unos minutos para las cuatro. Como era de prever, son pocas las personas que deambulan por la gran sala de espera del aeropuerto. Roberto se dirige a la zona de control y pregunta por su amigo Luis Cierco. Se conocen de toda la vida y aunque muy pronto los destinos de ambos se fueron alejando, nunca llegaron a perder del todo el contacto. Simpático, sencillo e incomprensiblemente bajito para ser policía nacional, Luis suele decir que decidió ingresar en las fuerzas de seguridad del estado porque de joven nunca sabía qué ponerse. Hace unos tres años que lo destinaron a los controles del aeropuerto, y fue en ese momento cuando Roberto lo telefoneó para pedirle un extraño favor. Al principio dudó si lo que le pedía su amigo podría comprometerlo ante sus superiores, pero en realidad, aunque la petición era rarísima, pensó que no podía suponer una gran cosa intentar satisfacerla.
  Una leve sonrisa de reconocimiento, y un ligero cabeceo de Luis para guardar la debida discreción, permiten a Roberto, como de costumbre desde hace ya algunos meses, acceder a la zona prohibida para los que esperan la llegada de algún familiar o conocido. Ese espacio del que unas enormes puertas automáticas van regurgitando, como arcadas de un vómito cansado y alegre, los pasajeros recién llegados que ya han recuperado sus maletas. Roberto arrastra una de enorme, de color azul chillón, una de esas maletas que llevan candado para protegerse, tal vez, de todo lo desconocido. Ese miedo atávico de calcetines y camisas, ese horror que desde siempre sienten los calzoncillos y los cepillos de dientes al salir de sus zonas de rutina y confort. 
  El jolgorio y la alegría de un pequeño grupo de turistas, cuyo país de origen -dada la ausencia de cualquier color en sus rostros que no sea el blanco- no puede ser africano, hacen que Roberto decida sumarse discretamente a ellos y salir por la misma puerta por la que apenas hace unos minutos ha entrado. La única diferencia es que ahora una enorme sonrisa se agarra al gris e inexplorado territorio de su cara. Le sigue, como perro distinto, la grotesca maleta que solo da cobijo a un termo de café con leche y un bocadillo de jamón dulce y queso. No lo espera nadie y a pesar de ello está alegre, exultante, caminando despacio, con la misma seguridad y determinación que suelen hacerlo los que vienen de dar la vuelta al mundo.
  Justo en los primeros síntomas de una noche ya vencida, una larga cola de taxis espera la salida de sus clientes. Esta vez Roberto está de suerte. Pelirroja, rotunda y de labios nacidos para enmarcar el caudal imparable de palabras que por ellos se empujan y se precipitan, así es la mujer que lo llevará hasta su domicilio. No es difícil de imaginar que les faltará tiempo a los dos para la enorme ternura de mentirse  todos los lugares en los que jamás han estado; para regalarse, en lo que durará el trayecto, una breve vida de sorpresas y aventuras en la que nunca han habitado. Y es que una vez por semana a Roberto le gusta regresar como lo hacen las golondrinas, las viejas canciones y la acidez de estómago, pero la cuestión es que él nunca pudo ni quiso irse de ningún sitio, y pensó, como lo suelen hacer los que saben de soledad, que tal vez esa era una forma como cualquier otra de paliar las molestias y las tristezas que esa pequeña contradicción podrían causarle.