miércoles, 28 de septiembre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -4-



Pañales, biberones y camisetas; todo a punto para recibirte; todo, según me cuentan, menos las aceras y las calles de Bangkok. ¡Venga, Mario, decídete! lánzate a las cosas de esta hermosa perplejidad. Las flores, los mercados y todas las ternuras te están esperando. Sal y recoge con tus manos todos los posibles.
Vienes de un preciso misterio para instalarte en una fantástica historia; páginas que aguardan, en un silencio blanco sin cuadricular, para que tú las escribas. Deseo que ningún temor te dicte el guión, mi querido Piratilla (a los ojos opacos del miedo, siempre tu mejor sonrisa). 


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pongamos que merina (Taller Bremen)



  Si consienten la imagen de una oveja, pongamos que merina, reposando sobre un sofá de piel, no ha de representarles ninguna dificultad imaginarse, en la misma habitación, a un hombre vestido con una bata azul, descalzo, mirando por la ventana. Tal vez el humo de un cigarrillo encajaría a la perfección en la escena, pero él nunca ha fumado y no lo hará ahora para satisfacer este absurdo relato. Aturdidos por los restos de la noche, sus ojos van nombrando despacio las cosas mientras la mañana les asigna su lugar de costumbre. Aun no les ha dado tiempo a las calles de ensuciarse de comentarios y opiniones. También podrán ver cómo algunos bares, los más inquietos, ya se desperezan y se van quitando de encima los pedazos rotos y olvidados de felicidad. Tal vez convenga advertir, para los que aun no hayan decidido abandonar la historia, que una oveja puede distinguir entre al menos cincuenta individuos diferentes y recordar acontecimientos e imágenes durante un periodo de hasta dos años; banal, pero no del todo innecesario, es saber que él nunca fue capaz ni de lo uno ni de lo otro. Hasta que la conoció, apenas manejaba un confuso revoltijo de rostros sin nadie; cosas que nunca llegaron a ser recuerdo, instantes que en el mismo momento de suceder ya eran olvido, todo ello aderezado con un regusto de sábanas sucias en camas ajenas.
    Pongamos que se conocieron un martes a eso de la seis y media de la tarde. En aquel momento él miraba el reloj por hacer algo y ella lo miraba a él sin dejar de hacer lo que siempre hacía. No es improbable que él pensara: una oveja. Nada sabemos de lo que pudo pensar ella. Levemente inaudito es que dos horas más tarde anduvieran los dos enzarzados en una locura, en un frenesí, de lana y deseo. De todo eso hace ya más de un año y aunque ninguno de los dos entiende de amor, hoy por hoy es sin duda la relación más estable y satisfactoria de todas las que se dan en el inmueble de doce pisos mas planta baja en el que habitan.
    Por lo demás, a nadie puede sorprender que a los amigos y a la familia les costara un poco aceptar la situación. En lo que a la dirección del colegio donde trabajaba como profesor de religión se refiere, es normal que no tardara casi nada en tomar dos decisiones: despedirlo y revisar psicológicamente a todos sus alumnos por si en alguno de ellos se detectaba algún pequeño desasosiego, alguna mínima angustia, o algún leve esbozo de trastorno. Solo uno, el más leído y vivaz de la clase, admitió que algunas noches se despertaba inquieto, después de soñar que contaba ovejas para conciliar el sueño y que su querido profesor corría desnudo tras ellas gritando una y otra vez la misma frase: "corderos de Dios que quitáis el pecado del mundo, venid y dejadme hacer...". 
   Sensible y detallista desde la más tierna infancia, se entenderá que no escogiera las navidades para presentarla a los más allegados, siendo entre otros el principal motivo, la tenaz y ancestral costumbre de su madre de guisar un cordero al horno en esas fechas. Optó por hacerlo en la fiesta de aniversario de su hermana, con la firme convicción de que facilitaría mucho las cosas el hecho de ser vegetariana y estar infelizmente casada con un borrego de mucho cuidado. 
    Ni que decir tiene que ese día se comió poco y en silencio; luego, con el paso del tiempo, las cosas fueron mejorando hasta que por fin dejaron definitivamente de verse y de celebrar fiestas familiares. Era de esperar que al principio, y debido a todo este descalabro, su madre llorara unos diez minutos por la mañana y otros diez minutos antes de acostarse. Un par de meses más tarde, solo lo hacía por las mañanas cuando no tenía otra cosa que hacer; ahora va a nadar todos los martes y los jueves de diez a once y media y ya no llora. Sin duda su padre ha sido el que lo ha llevado mejor, debido, probablemente, a que murió hace más de diez años de una absurda caída de la bicicleta estática.
   Todo eso cabe en la carpeta del pasado. En la del presente apenas la ventana y la luz nueva e incipiente enredándose en los tirabuzones lanosos de ella. Es evidente que no puede haber carpeta para el futuro, por lo que el paseo diario y la barbacoa de verduras en casa de una prima segunda que convive felizmente con un dogo, de alguna manera esperan sobre la mesa para el inmediato acontecer.  
    Si de forma incomprensible su lectura ha llegado hasta aquí, les ruego que no se precipiten a la hora de enjuiciar lo sucedido. Viajen, viajen por Escocia y observen con atención. La costumbre de la lluvia, los lagos desmesurados, todo ese generoso espacio que permite dar cabida a cualquier tristeza por grande que sea y, enmarcadas en verde y niebla, esas dulces ovejas, sin aristas ni agravios, mirándote atentamente a los ojos como si en realidad existieras. Vayan, vayan, y ya me contarán.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -3-



Seis horas de diferencia horaria, algunos miles de kilómetros y alrededor de unos treinta grados de diferencia en lo que a temperatura se refiere. Es evidente que a menudo la vida se pone en broma y, entre risas y contoneos, cruza la calle y se va girando solo por ver si alguien la mira y le ríe las gracias. A nuestras seis que son vuestras doce -algún día te hablaré del tiempo, que es una mentira muy recta con forma de palote y que apenas sirve para nada, es decir, algo difícil de explicar y sin mucho sentido- los que andan metidos más de lleno en las cosas de quererte, es decir, tus padres, comentan que están bien aunque algo "flojitos". No me extrañaría que fuera el hermoso cansancio de llevar a todas partes la enorme cantidad de risas y de besos, de juegos y de sueños, que atesoran para darte.


sábado, 27 de agosto de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -2-



Nieto es solo una palabra y como tal, nada; pero nieto también es una palabra y como tal, todo. Si te parece, intrépido Piratilla, mejor digamos que sus cinco letras intentan, a su manera, explicar esa fiesta a la que se llega dando un rodeo, esa precisa continuidad de lo discontinuo, ese increíble salto sin distancia, ese hermoso futuro que sucede ahora y se deja habitar. 


jueves, 25 de agosto de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -1-



Es más que probable que de momento, mi querido Piratilla Valiente, lo ignores casi todo de los aviones, el Skype, la legalidad y los jerséis de punto de cruz; y a pesar de ello, estas y otras muchas cosas son las que alrededor de tu deseo de vivir se han ido activando, con la espontánea y precisa función de configurar algo parecido a una bienvenida a esta hermosa y desconcertante forma de ignorar a la que llamamos vida.

Enero del 2015.


viernes, 17 de junio de 2016

No hay tiempo ni cielo para mucho más (Taller de Bremen)



  Hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas; incluso a las palabras más sencillas, esas que suenan mejor, las que tienen más buen corazón, les cuesta adherirse a superficies tan pequeñas, resbalando una y otra vez en sus intentos de alcanzar esas levísimas cumbres de significación. En esas nimiedades inenarrables andan aún enzarzados Bernarda Expósito y Ramón Juneda, compartiendo su hermosa intrascendencia desde el momento en que la bragueta abierta de él hizo que sus caminos se cruzaran.

  Han acumulado días hechos de manteles con migas de pan, de cepillos de dientes gastados, de ropa tendida -acaso la forma más precisa de intentar explicarlos-, de recuento de pequeños agravios, de bolsas de supermercado agujereadas y de resfriados mal curados.  Una vida que parece no necesitar a la vida para ser vivida, como algo que siempre transcurre a un lado de todo lo demás. Sin duda la más terrible pesadilla para cualquier biógrafo.

  De todas formas, un martes sí y otro no -ese insulto mensual que algunos sinvergüenzas insisten en llamar sueldo no les da para más- cenan unos bocadillos y luego van al cine. Ni que decir tiene que siempre les gusta la película, ya que ni el precio de la entrada ni el cansancio del desacuerdo justificarían lo contrario. Luego pasean un rato cogidos de la mano y si alguna noche a la lluvia le da por acudir, abren el paraguas y sonríen como si el guiño de belleza de ese instante los hubiese reconocido. Al llegar a casa -siempre y cuando el sueño acepte esperarse un poco a ser dormido- la excitación de esa pequeña rutina con la que pretenden aliviar la rutina los llevará a follar como lo suelen hacer la buena gente, es decir, con exquisitos modales y con sumo cuidado. Encuentros sexuales más próximos a "Mary Poppins" que a "El último tango en París", pero que suelen propiciar un buenas noches cargado de sinceridad y reconocimiento, de gratitud por ese mutuo regalo que les sirve para rascarse toda la soledad que ya fue y la mucha que sin duda vendrá.

  Cómo no, en ese no suceder está la boca con halitosis del trabajo, esa que día a día, muy despacito, los mastica y los engulle. Ramón Juneda aguantándose las ganas de ir al lavabo por no ensuciar lo que Bernarda tiene que limpiar; Bernarda frotando con meticulosidad la grapadora que acompaña, con asombrosa fidelidad, las absurdas  tareas de Ramón Juneda. Un buscarse, un cuidarse, con la discreción necesaria para evitar las maldades que suelen propiciar esos entornos sucios de sinsentido. No hay tiempo ni cielo para mucho más. 

  Que tarde o temprano Bernarda se irá, eso lo saben los dos. Que se quieren por todo lo que nunca serán, eso solo lo sabe Bernarda. Que el amor y la costumbre comparten armario, eso lo intuye Ramón Juneda y una buena parte del vecindario. Pero de momento el sofá insiste en acoger, noche tras noche, ese prólogo de lo que nadie publicará con una ternura digna de verse. 

  Las zapatillas de estar por casa, el mando a distancia de la tele, una bombilla que a fuerza de ahorrar energía vierte amarilla indiferencia por el comedor, un marco al que le sobra el cuadro, una ventana avergonzada por lo que desde ella se ve, todo parece estar a gusto con ellos y querer configurar una escenografía contenida, expectante, casi respetuosa hacía esa hermosa obra sin texto, hacia ese par de espléndidos comerciales del olvido con descuento.

  Bien pensado, hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas, pero tal vez sean las únicas que en realidad se merecen el esfuerzo de intentarlo.





domingo, 5 de junio de 2016

Será en los entresijos de lo que ha de suceder (Taller Bremen)



  Amanecerá solo para él, y a nadie se le ocurriría poner en duda que, en el devenir sin fisuras que le espera, esa extraña y firme convicción le seguirá colgando de su espléndida sonrisa. Como nadie dudaría de que las cosas se apretujaran asombradas para verle llegar; que se optimizaran los espacios para darle cabida. Incluso sus calcetines finísimos de hombre eficaz aguardarán como de costumbre en el cajón, con gran alborozo y no menor alegría, el momento de exquisita complicidad en que cubrirán unos pies, los suyos, que a pesar de sus pronunciados juanetes, nunca dejarán de ser pies vencedores.

  Ni que decir tiene que algunas mujeres que aun lo ignoran le esperaran en ese cruce de poder y humedad en el que se suelen encontrar aquellos que nunca se reconocen, ni falta que les hace. Ya llueve en esa mañana espléndida que acogerá todas las saciedades posibles. Una lluvia que tal vez será triste y sucia para casi todos, pero no para él, que seguirá inmune a los claroscuros de cualquier transcurrir,  a los cristales sucios y cansados de los cafés, a las sirenas de las ambulancias y a casi todas las esquinas que, con las manos en los bolsillos, se suelen torcer solo por costumbre, como una levísima impostura, un imperceptible desprecio, ante las cosas que apenas importan.

  Quién sería capaz de prever que bajo esa misma lluvia, acechándolo como un depredador desdentado, alguien, sin motivo alguno, irá al encuentro de ese futuro sin mácula. Será en los entresijos de lo que ha de suceder, que el aturdimiento de una noche sin sueño le impedirá, a ese don nadie hecho de pedazos de algo sin sustancia, descifrar por un instante lo que le gritan las franjas rojas y blancas del paso cebra. Será bajo esa misma lluvia que caerá sin ganas que de pronto oirá el frenazo. Alguien, asombrosamente parecido a él, bajará lívido del coche y quedará atónito ante la postura de un cuerpo que se ira perfilando, aquí y allá, con un viscoso repunte de sangre y derrota.

  Faltará un zapato en ese vulgar horror, y un calcetín finísimo de hombre eficaz, abrazado a su juanete, inaugurará algo muy parecido a una inmensa y risible orfandad, a un preciso e irrefutable desamparo.